Salia el 4º toro. Se había quedado con ganas ya en el anterior donde dio pinceladas de su arte tanto con el capote como en los primero lances de la muleta pero no era suficiente. Nunca lo es para un artista que deja inacabada su obra. Llegaba el turno del cuarto.Con la cabeza cubierta por la Montera y entrenado las muñecas con el capote lo esperaba... Fue recibido a lo grande, con espléndidos capotazos, uno tras otro, a cúal mejor. Sólo era el preludio. En el tercio de varas destapó el tarro de las esencias y llevó al toro al caballo como los ángeles. Flotando el toro y adornando la faena con arte, temple y torería. Los quites únicos. El capote bailaba con el viento delante de la cara del morlaco embelesándolo. No había réplica. No podía haberla ya que era inigualable.Desmonterado y muleta en mano empezó la borrachera de naturales. Mano baja, lentitud y arte hicieron que en la plaza de Madrid, en Las Ventas, se pusiera música a la faena del maestro. Esa música que sólo Madrid te da. Música en forma de silencio por la espectación y el respeto al principio de cada tanda y de Olés que erizan el vello y emocionan al más castizo. Arte y casta. Arte y valor. Cruzándose y acercándose a la cara del toro como el que busca un beso de la mujer que ama. Torearía en estado puro desde el primer capotazo hasta el saludo al público oreja en mano.
Hablo de Morante de la Puebla. Matador de Toros.

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